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Título original: I Married a Communist
Año: 1998
Autor: Philip Roth (1963-  )
Páginas: aproximadamente 450 
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Lo primero que tengo que decir del libro es que tiene un arranque magnífico y un final  magistral.
El novelista Nathan Zuckerman, personaje que aparece con más frecuencia en las obras de Philip Roth, y a través del cual explora sus problemas  así como los aspectos tragicómicos de asimilación judía en los Estados Unidos, es el autor de esta segunda entrega de la llamada Trilogía Americana. Podríamos decir que Zuckerman es como el alter ego de Roth por ciertos críticos, Zuckerman refleja en algunas de sus experiencias la propia vida del autor.
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Me casé con un comunista sigue a Pastoral americana (1997) y precede a la Mancha Humana (2000), que ante la calidad  y lo que me ha gustado  éste y teniendo en cuenta que el primero ganó el Premio Pulitzer en 1998 y los continuos rumores sobre la obtención del premio Nobel han de ser obras, cuanto menos, muy importantes. Las tres comparten a Zuckerman como personaje que hace las veces de narrador, sino que además y principalmente comparten un trasfondo temático.
No es el estar enojado lo que importa, es estar enojado por las cosas correctas.
El libro se desarrolla a través de una conversación que mantiene Nathan con un profesor de instituto como motor narrativo —que a ratos pierde toda traza de ser tal— nos va delineando la vida de Ira Ringold, hermano del profesor, acérrimo comunista perseguido por el Maccarthismo, reconstruyendo la vida de Ira.
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Como curiosidad hay que tener en cuenta el detalle de que Philip Roth estuvo casado con una actriz -como Ira Ringold en la obra- quien, una vez divorciados publicó un libro en el que no resulta bien parado Philip.
No puedes aplicar a la vida privada la ideología que aplicas al gran mundo. No puedes cambiarla. Tienes lo que tienes y, si es insoportable, te marchas.
El libro no es fácil de leer pero es tan interesante que sabe agarrarte de tal forma que no seas capaz de soltarlo.  El escritor norteamericano se muestra sólido y consistente, su dominio de los tiempos y ritmos del relato es impresionante, así como su capacidad para hacer literatura de cualquier episodio de las vidas de sus personajes, por insignificante, minúsculo o anecdótico que resulte.
El hombre que me enseñó a boxear con un libro ha vuelto para demostrarme cómo puedes boxear con la vejez. Y es ésa una habilidad asombrosa y noble, pues nada te enseña menos sobre la vejez que haber llevado una vida vigorosa.
 
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