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Cuenta la leyenda que fue construido por gigantes y que en él se adoraba al sol, y es que algo atrayente ha de tener esta fortaleza del mediodía francés para que se hayan vertido ríos de tinta sobre sus misterios y simbología; intentemos conocer un poco mejor el Castillo de Montségur, uno de los últimos refugios de los cátaros.

Sus enemigos lo denominaban la «Sinagoga de Satanás» o el «Vaticano de la Herejía».

 

 © SUDOR

 En el solsticio de primavera, al nacimiento del sol sus primeros rayos penetran por una saetera y salen por la del lado opuesto atravesando todo el castillo.

A través de un duro y tortuoso ascenso por un antiguo sendero de la montaña del Pog se llega a las ruinas del castillo reconstruido por lo cátaros al que accedemos por una gran puerta principal. Nos encontramos en un conjunto en forma de pentágono irregular de unos 700 metros cuadrados en las que sus murallas constituyen puntos de referencia que permiten la observación astronómica. Por lo tanto, el castillo no sólo es una obra de defensa militar, basada fundamentalmente en su altitud y difícil acceso, sino también era un edificio religioso.

© Sui–Generis

En 1241, en plena cruzada albigense, Luis IX, rey de Francia insta al conde Ramón VII de Toulouse para que realice el primer asedio al castillo, pero este termina fracasando. En mayo de 1243, Hugues des Arcis, senescal de Carcassonne, emprende el definitivo asedio al castillo de Montségur.

Se calcula que durante el asedio, en los 700 metros cuadrados de fortaleza, se refugiaron unas 1000 personas, con sus víveres, armas, animales vivos, mobiliario, cacharros, etc… entre ellos algunos de los cátaros que participaron en la matanza de los inquisidores de la iglesia de Avignonet. Pasados diez meses de duro asedio, y sobre todo al haber sido traicionados por los lugareños de la zona, se comenzó la negociación para la rendición de la fortaleza.

Los moradores del castillo tenían quince días para abandonar el castillo, pudiendo optar entre la abjuración de su fe cátara o la hoguera. Durante esos quince días, según la leyenda, los cátaros pudieron salvar y ocultar su tesoro.

Pasada la tregua, en marzo de 1244, tuvo lugar la terrible matanza,  en la que murieron abrasados por las llamas más de doscientos cátaros que se negaron valientemente a abjurar de sus creencias. Con este triste acontecimiento se puso punto y final a los últimos intentos de resistencia en Occitania.

Hoy el lugar es recordado con una simple lápida en el Camps des cremats (‘Campo de los quemados’) que recuerda a los inmolados y a leer con respetuoso silencio el epitafio: «A los cátaros, a los mártires del puro amor cristiano…», sacrificio actualmente conmemorado por un monumento a los pies de la montaña.

El castillo pasó a ser propiedad de Guy de Lévis, antiguo compañero de Simón de Montfort, del que algún día hablaremos en la Guarida del Pensamiento, quien edificó una nueva ciudadela de la que provienen los restos actuales.

 © renderhard

 

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