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Vamos a viajar a la Baja Edad Media, una época difícil en todos los sentidos; un tiempo cargado de acontecimientos dramáticos que influía en la vida y pensamiento de la sociedad europea. Hambrunas, grandes epidemias como la peste negra, guerras con sus violaciones y saqueos, malas cosechas y otras desgracias tenían destrozada a una sociedad, pobre de solemnidad, sometida a unos señores feudales, que apretaban con  sus cargas y tributos, y a una Iglesia Católica poderosa y viciada que hacía gala de su riqueza y oropel al mismo tiempo que no tenía misericordia de unos siervos cada vez más indignados.

 

Tal eran los pecados conocidos de la Iglesia, el nicolaísmo (relaciones sexuales de los clérigos), la simonía (compra de cargos eclesiásticos), las investiduras y, sobre todo, el mal comportamiento del clero,  que nació un deseo de renovación dentro de la propia Iglesia. Durante los siglos X y XI altas jerarquías eclesiales ya reclamaban una solución a tales desmanes, suponiéndolos como causantes del fin del mundo ante el cambio de milenio.

El milenio acabó, pero el mundo y los vicios de la iglesia no terminaron. Esto llevó a que tanto intelectuales, sobre todo miembros del clero, como el pueblo llano reclamara y deseara una vuelta al cristianismo primitivo, a la pobreza de la iglesia y al respeto absolutos de las reglas.

En el sur de Francia, más concretamente desde la ciudad de Albi (Occitania), traída por cruzados y comerciantes desde la región de Tracia, una nueva corriente religiosa con raíces en el Zoroatrismo se extendería, sobre todo, por la zona del Languedoc francés y por el norte de Italia y España.

Los cátaros -del griego kataros (puro)- o albigenses difundieron sus ideas religiosas desde los siglos XI hasta el siglo XIII en que la cruzada albigense dio en la hoguera con sus fieles y sus esperanzas.

 

 Continuará…

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