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El duque de Milán, Ludovico Sforza encargó a Leonardo da Vinci una obra mural para el refectorio del convento dominico de Santa María delle Grazie en Milán. La pintura de 460 cms de alto por 880 cms de ancho fue ejecutada entre los años 1495 y 1497, y está ejecutada al temple y óleo sobre dos capas de preparación de yeso extendidas sobre enlucido. Esta técnica experimental provocaría un rápido deterioro de la obra, lo que ha provocado numerosas restauraciones y que la obra no se encuentre en óptimas condiciones en la actualidad.

Al contrario que en la mayoría de cuadros que escenifican la Última Cena, la obra de Leonardo refleja el momento en el que Jesús anuncia que entre sus discípulos hay un traidor. Se forman cuatro grupos de tres personajes donde cada uno plasma una emoción humana: estupor, ira, miedo…

La Última Cena está considerada una de las mejores obras pictóricas de la historia. A continuación intentaremos desentrañar la evolución creativa e histórica de uno de los cuadros más enigmáticos y hermosos del mundo.

En la década de 1490 el duque de Milán Ludovico Sforza, conocido como “el Moro”, encargó y sufragó las reformas de la Iglesia de Santa Maria delle Grazie, cuya idea era hacer de aquel entorno renovado el mausoleo de los Sforza, un monumento digno de la dinastía ducal. Para ello encargó a Donato di Montorfano un fresco de una Crucifixión que decora el muro meridional y que está fechado en 1495.

Hacia ese mismo año Ludovico encargó a Leonardo da Vinci  la realización de un fresco para la pared contraria; esta obra motivó de manera especial al gran artista del renacimiento y durante los próximos tres años absorbido por completo se dedicaría a ella hasta su finalización.

El futuro novelista Matteo Bandello, durante esos años de la década de 1490, siendo novicio en Santa Maria delle Grazie de Milán, donde su tío Lorenzo era prior, tenía como pasatiempos el ir a ver trabajar a Leonardo da Vinci en el muro septentrional del refectorio donde estaba pintando la que sería su gran obra maestra de la época Sforza:

Llegaba bastante temprano, se subía al andamio y se ponía a trabajar. A veces permanecía sin soltar el pincel desde el alba hasta la caída de la tarde, pintando sin cesar y olvidándose de comer o beber. Otras vees no tocaba el pincel durante dos, tres o cuatro días, pero se pasaba varias horas delante de la obra, con los brazos cruzados, examinando y sopesando en silencio las figuras. También recuerdo que en cierta ocasión, a mediodía, cuando el sol estaba en su cenit, abandonó con premura la Corte Vecchia, donde estaba trabajando en su soberbio caballo de barro, y, sin cuidarse de buscar la sombra, vino directamente a Santa Maria delle Grazie, se encaramó al andamio, cogió el pincel, dio una o dos pinceladas y, luego, se fue.

Leonardo debió empezar la ejecución de la obra en 1495, por lo que los recuerdos de Matteo, que escribió estos recuerdos varias décadas después de los hechos, debió confundirse ya que el caballo de barro se exhibió a finales de 1493. Aun así, nos sirven las memorias para tener una visión del maestro en plena faena, de su actividad creativa: momentos frenéticos seguidos de periodos de silenciosa reflexión y análisis.

Podemos imaginarnos al pintor a grandes zancadas por las calles de Milán, bajo un sol de justicia, ajeno a todo lo que no sea la búsqueda de los elementos que solucionen algún problema de composición.

Pero los orígenes de esta obra maestra tenemos que buscarlos en un primer estudio compositivo a pluma.

En este boceto Judas está de espaldas, segregado del resto en el lado de la mesa más próximo al espectador, y San Juan aparece dormido junto a Cristo. En la versión definitiva ambas figuras sufrirían un desplazamiento radical.

Algo posterior es el siguiente boceto que conserva la Accademia de Venecia, en él ya se empiezan a ver el ritmo competitivo que acabará teniendo la obra. Los discípulos aparecen repartidos en grupos, se presta mayor atención a sus rasgos y se identifica a cada uno de ellos (el nombre de Felipe se repite dos veces). No obstante, Judas está aún al otro lado de la mesa y Juan sigue recostado como si durmiera.

Luego vendrían los estudios más detallados de los personajes, sobre todo de cabezas y manos, las celebres series de cabezas de Windsor y los estudios de manos de San Juan y San Pedro. Leonardo utilizó como modelos a personas reales para los personajes del mural, un tal Alessandro de Parma sirvió de modelo para la mano de Cristo. Incluso se retrató a sí mismo el segundo empezando por la derecha como se puede ver en la imagen. Según Luis de Aragón, que vio la pintura en 1517, algunos de los discípulos eran “retratos auténticos de cortesanos y gentilhombres de Milán”.

La composición final de la obra se resume en el momento en que Jesús anuncia:

Yo os aseguro que uno de vosotros me traicionará.

Mateo 26:21-22

En ese momento se recogen de los discípulos los gestos de asombro, tristeza, aflicción, culpabilidad, rabia…; las acciones como la de San Pedro sacando un cuchillo en defensa de Jesús, la de Judas a punto de coger el pan que luego mojará en el plato; los comentarios y parlamentos por grupos, incluso adivinamos los susurros.

Si nos detenemos en el rostro de Judas en La Ultima Cena,  sabemos que es el malo de la obra, pero parece más bien un hombre feo, casi grotesco, más que un ser malvado; incluso podemos  adivinar en su cara un toque de remordimiento.

También cabe recordar, en cuanto a Judas, la famosa anécdota que cuenta Vasari: según parece, el prior de Grazie siempre estaba instando a Leonardo para que “se diera prisa en acabar la obra”, hasta que un día, cansado de las tácticas dilatorias del artista, fue a quejarse al duque. En respuesta, Leonardo le dijo a Ludovico que el problema era que no había dado con un rostro lo bastante perverso para representar a Judas, pero que, si finalmente no lograba hallarlo, siempre le quedaba la opción de “recurrir al rostro del desconsiderado e impaciente prior” para que sirviera de modelo. Al oír aquello, el duque rompió a reír, y “el desdichado prior se retiro muy confundido y se dedico a atosigar a los que trabajaban en el jardín”.

Me queda aún por hacer la cabeza de Judas, que como es bien sabido fue el más grande de los traidores y, por lo tanto, ha de ser pintado con un rostro que exprese toda su maldad… Así que, desde hace un año, puede incluso que más, todos los días, por la mañana y por la tarde, acudo al Borghetto, donde habita la más baja e innoble ralea, gentes, muchas de ellas, sumamente depravadas y perversas, con la esperanza de encontrar un rostro para tan maligno personaje. Pero, hasta hoy, no he hallado uno solo que me parezca apropiado. Si finalmente no lograra encontrar a nadie tendré que recurrir al rostro del reverendo padre prior.

Leonardo da Vinci

 Tenemos que tener en cuenta que la obra de la Última Cena son el resultado de un trabajo colectivo del taller, y no debemos pensar que Leonardo trabajara en solitario, como se supone que lo hizo Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Leonardo trabajó rodeado de un equipo de ayudantes, entre ellos Marco d’Oggiono (autor de las primeras copias de la obra) y Tommaso Masini.

Es verdaderamente un milagro que la obra haya sobrevivido a los problemas derivados de la técnica empleada en en el proceso creativo, a los que hay que añadirles la humedad excesiva del refectorio, las malas prácticas en muchas de las primeras restauraciones, los destrozos producidos por los soldados napoleónicos a principios del siglo XIX, y las vibraciones de los bombardeos de la segunda guerra mundial.

En 1999 se llevó a cabo la más ambiciosa restauración de la obra bajo la dirección de Pinin Brambilla Barcelon, cuyo objetivo principal consistió en eliminar las superposiciones debidas a anteriores trabajos de restauración. En palabras de Brambilla, “la pintura fue tratada como un gran enfermo”. Lo que podemos observar ahora aproxima mucho mas a lo que Leonardo y sus ayudantes pintaron sobre la pared hace más de 500 años.

Curiosidades sobre la obra:

Dan Brown en su novela “El Código da Vinci” nos plantea la existencia de una figura femenina, María Magdalena para ser exactos, junto a Jesús. El personaje de suaves rasgos y rostro imberbe se debe a la persona de San Juan. En su “Tratado de Pintura”, Leonardo explica que cada personaje debe ser pintado con arreglo a su edad y condición, un hombre sabio tiene ciertas características, un personaje anciano otras y los niños otras. Pues bien, un personaje joven, el favorito, el protegido, son siempre hombres jóvenes, totalmente afeitados y de cabello largo, transmitiendo así la idea de que aún no han madurado. Si nos paramos en muchos cuadros del renacimiento encontraremos la figura de Juan representada con el mismo aspecto joven y dulce.

 La incorporación de una puerta en la sala en 1652, cercenó los pies de varios personajes del mural, entre ellos las de Jesús.

Fuente: el libro “Leonardo, el vuelo de la mente” de Charles Nicholl.

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