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Durante los últimos años de su vida, Federico García Lorca, escribió una colección de once sonetos que fueron recopilados y publicados póstumamente bajo el nombre de Sonetos del amor oscuro.

Ian Gibson, biógrafo del poeta, especulaba con que estos maravillosos sonetos estaban dedicados a Rafael Rodríguez Rapún, secretario de la compañía La Barraca desde 1933. Pero recientemente, el escritor jerezano Manuel Francisco Reina, con la publicación del libro Los amores oscuros ha hecho público los recuerdos  y “tesoros” de Juan Ramírez de Lucas, posiblemente el último amor del poeta.

Tras confirmarse el fusilamiento de Federico García Lorca, Juan Ramírez de Lucas guardó como oro en paño los restos en papel de aquel amor de juventud que le habían arrebatado.

Juan Ramírez de Lucas (Albacete, 1917-Madrid, 2010), periodista y crítico de arte, no quiso llevarse a la tumba su secreto. Guardó silencio durante más de 70 años, con todos los recuerdos (dibujos, cartas, un poema, su diario…) de su tragedia sentimental ocultos en una caja de madera. Sin embargo, antes de fallecer, entregó a una de sus hermanas su legado para que se hiciera público. Pese al férreo silencio que mantuvo en vida, apoyado por los propios amigos de la pareja que respetaron su intimidad, Ramírez de Lucas no quiso que la memoria de su gran amor de juventud, el poeta Federico García Lorca, se perdiera para siempre.

Un monumento al amor

Miguel García-Posadas

Los comentarios sobre los Sonetos de amor oscuro celebraban ampliamente su «belleza inmortal»; «impresionantes», «hermosísimos», «espléndidos», «asombrosos», «bellísimos», «maravillosos»; «poemas perfectos, limpios, terriblemente encendidos por el amor, magistrales en su clasicismo y en su finura».

Poema de la dulce queja

Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua, y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas; y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,

no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.

Soneto gongorino.

Este pichón del Turia que te mando,
de dulces ojos y de blanca pluma,
sobre laurel de Grecia vierte y suma
llama lenta de amor do estoy pasando.

Su cándida virtud, su cuello blando,
en limo doble de caliente espuma,
con un temblor de escarcha, perla y bruma
la ausencia de tu boca está marcando.

Pasa la mano sobre tu blancura
y verás qué nevada melodía
esparce en copos sobre tu hermosura.

Así mi corazón de noche y día,
preso en la cárcel del amor oscura,
llora, sin verte, su melancolía.

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